Aunque la historia reconoce a John Wesley como el padre del metodismo, fue su colaborador, John Fletcher, quien le proveyó la solidez intelectual y espiritual que aseguró su permanencia. Considerado por el propio Wesley como su único sucesor capacitado —un destino que la muerte prematura de Fletcher impidió—, se convirtió en el arquitecto teológico y guardián del legado del movimiento.
Su ministerio, que combinaba una rigurosa defensa doctrinal con una profunda piedad personal, llegó a transformar una de las comunidades más inmorales de Inglaterra. Fletcher se erige, en definitiva, como el primer y más grande teólogo sistemático del metodismo primitivo. Comprender su historia y su labor es clave para entender la consolidación del avivamiento wesleyano y su influencia posterior. Revisemos brevemente su historia, su teología y su influencia a lo largo de generaciones
La historia de Fletcher: un convertido por la fuerza de la providencia
Primeros años: ambiciones frustradas (1729-1752)
John William Fletcher nació en Nyon, Suiza, el 12 de septiembre de 1729, en el seno de una familia de la nobleza. Desde una edad temprana, sobresalió por su brillantez intelectual. Se destacó en sus estudios en la academia de Ginebra, donde adquirió una sólida formación académica en clásicos, filosofía, teología y en el dominio de idiomas como el alemán y el hebreo. Toda esta formación le proporcionó un fuerte arsenal académico que más tarde utilizaría en las arenas de la controversia teológica.
A pesar de que sus padres esperaban que siguiera una carrera clerical, Fletcher tenía una fuerte ambición de unirse al ejército. Sin embargo, sus intentos de alistarse se vieron frustrados de manera sistemática por una serie de eventos improbables, como un accidente con agua hirviendo que lo dejó en cama y le impidió abordar el barco en el que estaba a punto de irse, o la firma de un tratado de paz que desvaneció su segunda oportunidad de convertirse en soldado.
Fletcher interpretó estos repetidos fracasos no como simples coincidencias, sino como intervenciones de la divina providencia que lo guiaban hacia un propósito predestinado.

Conversión y ordenación como metodista (1752-1757)
Desprovisto de perspectivas militares, Fletcher viajó a Inglaterra alrededor de 1752. Allí su dominio de los idiomas y su refinada educación le aseguraron un puesto como tutor de los hijos de Thomas Hill, un acaudalado miembro del Parlamento. Pero Dios tenía un propósito mucho más grande que simplemente darle un empleo prestigioso, pues fue estando en la casa de los Hill que ocurriría su conversión.
Su despertar espiritual no surgió de un sermón vibrante, sino de una serie de encuentros en apariencia triviales. El primero fue el comentario de un sirviente que, al encontrarlo escribiendo música en domingo, hirió su orgullo con una simple observación: “Señor, lamento verlo ocupado de esta manera en el día de reposo”, le dijo. Luego, tras reflexionar, quedó convencido de su falta de reverencia.
El segundo fue un encuentro casual con una anciana pobre que, según sus propias palabras, “habló muy dulcemente de Jesucristo”. Este incidente llevó a la señora Hill a comentar, con cierta ironía, que no le sorprendería que su tutor “se volviera metodista tarde o temprano”. Intrigado, Fletcher preguntó qué era un metodista, a lo que ella respondió que eran “personas que no hacen más que orar. Ellos oran día y noche”. La respuesta de Fletcher fue inmediata y decidida: “Entonces, con la ayuda de Dios, los encontraré”. En 1753 lo hizo y se unió a ellos.

Este fue el comienzo de una intensa agonía espiritual. Sintiéndose abrumado por su propia pecaminosidad, se dio cuenta de que su moralidad y conocimiento eran inútiles para hallar la paz con Dios. Oscilaba entre la desesperación y la esperanza, creyendo que esta etapa de “temor, ansiedad y arrepentimiento” era necesaria.
El 24 de enero de 1754, después de una lucha profunda, experimentó una conversión que le trajo paz. Esta experiencia de “nuevo nacimiento” o “regeneración” se convirtió en el fundamento de su teología. Posteriormente, con el apoyo de John Wesley, fue ordenado en la Iglesia de Inglaterra en 1757, año en el que comenzó su ministerio como predicador. Por ese entonces, el Evangelio ya ardía en su corazón.

El vicario de Madeley (1757-1781)
En 1760, Fletcher tomó una decisión que marcó el resto de su vida. Rechazó la oportunidad de servir a una parroquia rica, con pocos retos y un buen salario, para aceptar el humilde “vicariato” o cargo pastoral de Madeley. Este era un pueblo industrial, un crisol de mineros del carbón y trabajadores del hierro, conocido por su inmoralidad, con una iglesia casi vacía que reflejaba la indiferencia espiritual de sus habitantes. La elección de Fletcher demostró su compromiso por servir a una comunidad marginada y necesitada.
Su ministerio en Madeley fue una combinación extraordinaria de fervor evangélico y santidad personal. La predicación de Fletcher era intrépida, confrontaba el pecado y llamaba constantemente al arrepentimiento y la santidad; su fervor por evangelizar lo llevaba incluso a las calles. Los domingos a las cinco de la mañana recorría Madeley tocando una campana para despertar a los feligreses, privándolos de la excusa de haberse quedado dormidos para no asistir a la iglesia. Este acto se volvió legendario.
Su vida era un ejemplo radical de la fe que profesaba. Practicaba una autonegación rigurosa y una generosidad hacia los pobres tan extrema que a menudo se quedaba con muy poco para su propio sustento. Asimismo, su vida de oración fue radical; pasaba horas arrodillado en su estudio, en una comunión tan intensa con Dios, que John Wesley escribió sobre él: “Nunca conocí a nadie que caminara tan de cerca en los caminos de Dios como él” y afirmó que poseía una “conciencia tierna como la niña de un ojo”.

El impacto de este ministerio fue asombroso. En pocos años, Madeley, antes conocido por su depravación, se convirtió en un “lugar santo”. La iglesia, que antes había estado desierta, se llenaba hasta rebosar en cada servicio, lo cual evidenciaba una transformación palpable de la comunidad. Esta se convirtió en la prueba definitiva de la teología de Fletcher, que sostenía que la verdadera gracia salvadora inevitablemente produce santidad y buenas obras. En otras palabras, su ministerio fue una aplicación práctica de sus convicciones, demostrando que el Evangelio de la gracia puede llevar a un cambio genuino y observable en la vida de las personas y de una comunidad entera.
Matrimonio y últimos años (1781-1785)
En la etapa final de su vida, cuando su salud ya mostraba signos de fragilidad, el camino de John Fletcher se unió al de una de las figuras femeninas más notables del metodismo primitivo: Mary Bosanquet. Su unión no fue un simple matrimonio, sino el encuentro de dos almas con una misma vocación y una profunda afinidad espiritual. Se casaron en noviembre de 1781, cuando Fletcher tenía 52 años y ella 42. Mary no era solo una esposa, sino una colaboradora activa en el ministerio, una maestra y líder, que ya había establecido un orfanato y una comunidad cristiana en Cross Hall.
El matrimonio se estableció en la parroquia de Fletcher en Madeley, donde su hogar se convirtió en un centro de vida espiritual y pastoral. Juntos, sirvieron a la comunidad con una devoción que asombraba a sus contemporáneos. Combinaron sus dones: la profundidad teológica y la gentil piedad de John con la capacidad organizativa y el fervor evangelístico de Mary. Sin embargo, esta etapa de feliz colaboración fue trágicamente breve.

La salud de Fletcher, minada durante años por la tuberculosis (entonces llamada consunción), decayó rápidamente. A pesar de su debilidad, se negó a abandonar su púlpito y sus deberes pastorales (aunque hubo temporadas en las que tuvo que dejar Madeley), a menudo predicando con un esfuerzo que dejaba exhausto su frágil cuerpo. Sus últimos sermones son recordados como testamentos de una fe inquebrantable frente a la muerte inminente.
Finalmente, John Fletcher falleció el 14 de agosto de 1785, a la edad de 55 años. Su muerte fue profundamente lamentada en todo el movimiento metodista. Se cuenta que John Wesley, al enterarse de la noticia, lloró amargamente la pérdida de quien consideraba su amigo más querido y su sucesor designado.
Tras su muerte, la antorcha de su ministerio no se extinguió. Mary Bosanquet Fletcher se aseguró de que el legado de su esposo perdurara. No solo continuó viviendo y sirviendo en la parroquia de Madeley durante treinta años más, sino que se convirtió en una de las maestras más influyentes de su tiempo. Publicó las cartas y escritos de John, asegurando que su pensamiento teológico siguiera moldeando al metodismo. Así, la labor que John Fletcher comenzó fue continuada y expandida por su esposa, quien se consolidó como una líder del movimiento hasta su propio fallecimiento en 1815.

Teología de John Fletcher: la defensa del arminianismo wesleyano
El gran debate: arminianismo contra calvinismo en el avivamiento evangélico
El avivamiento del siglo XVIII, a pesar de su poder unificador para despertar la fe en Gran Bretaña, estaba internamente dividido teológicamente. Por un lado, se encontraba el arminianismo de John y Charles Wesley, que enfatizaba en la gracia universal y el libre albedrío humano para responder a ella. Por otro, estaba el calvinismo de figuras influyentes como el predicador George Whitefield y la Condesa de Huntingdon, Selina Hastings, quienes defendían las doctrinas de la soberanía divina en la elección y la predestinación.
Durante años, estas diferencias coexistieron en una tensión a veces incómoda, pero a menudo respetuosa; estaban unidas por un celo evangelístico común. Sin embargo, esta frágil paz estaba destinada a romperse. El catalizador de la conflagración fueron las actas (o “Minutes”) de la Conferencia Metodista de 1770, cuyas declaraciones sonaban “alarmantemente heréticas” para los oídos calvinistas.

En particular, una sección parecía socavar la doctrina fundamental de la justificación por la fe sola. Afirmaba que, aunque los creyentes no son salvados “por el mérito de las obras”, sí lo son “por las obras como condición”. Para los calvinistas, esto era un anatema. Lo interpretaron como un regreso a la “justicia por obras” y un deslizamiento peligroso hacia el “papismo”, doctrina contra la cual se había levantado la Reforma.
La reacción fue inmediata y feroz. La facción calvinista, liderada por teólogos formidables y polemistas mordaces como Augustus Toplady (autor del famoso himno Roca de la eternidad) y Sir Richard Hill, lanzó un ataque contra Wesley y su teología. Lo acusaron de traicionar el Evangelio de la gracia.
Wesley, quien era un itinerante incansable pero no un polemista sistemático, necesitaba un defensor que pudiera enfrentarse a sus críticos con igual agudeza teológica, pero con un espíritu más caritativo. Wesley recurrió a John Fletcher, quien aceptó el llamado y se levantó para la ocasión, no solo como un defensor, sino como el “intérprete autorizado” y “vindicador” de Wesley, un título que el propio Wesley le confirió y respaldó públicamente. La controversia había comenzado, y Fletcher estaba ahora en su epicentro.

Refutaciones al antinomianismo
La respuesta de Fletcher a la controversia calvinista fue una serie de tratados publicados entre 1771 y 1775, conocidos como Checks to Antinomianism (Refutaciones al antinomianismo). En esta obra, Fletcher argumentó que el calvinismo, con sus doctrinas de predestinación absoluta y gracia irresistible, podía llevar lógicamente al antinomianismo, la idea de que la ley moral de Dios no es relevante para los cristianos. Sostenía que esta teología disminuía la necesidad de que los creyentes buscaran la santidad personal, lo cual era un pilar de su fe.
En sus escritos, Fletcher desplegó una mezcla de lógica, ingenio agudo y sátira para refutar a sus oponentes. En su estilo retórico implementaba diálogos o cartas dirigidas a sus adversarios, buscando una crítica justa, aunque no titubeaba al describir su tarea como la de extirpar una “infección pestilente”. Su objetivo era demostrar que un Evangelio que separa la fe de las buenas obras distorsiona el mensaje cristiano.
Más allá de defender a Wesley, Fletcher logró clarificar y sistematizar sus ideas, dándoles una coherencia lógica y forjando el primer sistema teológico wesleyano completo. El propio Wesley editó y patrocinó la publicación de los Checks, otorgándoles su respaldo oficial y convirtiéndolos en la exposición autorizada de la doctrina metodista. La obra no solo buscó refutar a sus oponentes; también estableció una base teológica sólida para el movimiento metodista.

El amor perfecto y el bautismo en el Espíritu Santo
La teología de Fletcher, expuesta en sus escritos, se centró en el amor de Dios y la transformación humana. Él sistematizó la enseñanza de Wesley sobre la santidad, definiéndola no como infalibilidad, sino como una madurez espiritual que se manifiesta en un “amor perfecto” hacia Dios y el prójimo. Describió esa perfección como una “segunda obra de gracia” que limpia la raíz del pecado, y la identificó explícitamente con el “bautismo en el Espíritu Santo”, un concepto que tendría un enorme impacto en el futuro.
Para oponerse al sistema del calvinismo, que según él era “estático y determinista”, Fletcher desarrolló una teología de la historia única, estructurada en una serie de dispensaciones o etapas de fe. Propuso cuatro etapas principales: la Gentil, marcada por una conciencia de Dios a través de la creación; la Judía, con la revelación a través de la ley y los profetas; la de Juan el Bautista, que ofrece la redención; y la Cristiana o del Espíritu Santo, que capacita para la santidad.
Desde su perspectiva, este esquema hermenéutico en etapas resolvía varias tensiones teológicas, pues proponía un modelo dinámico para el desarrollo del plan de Dios. A nivel macro, explicaba cómo Dios se revela progresivamente en la historia; a nivel micro, ofrecía un mapa para el viaje del creyente, mostrando una progresión desde una obediencia basada en el deber hasta una obediencia por amor.

Influencia de John Fletcher: el abuelo no intencionado del pentecostalismo
Su efecto en el Movimiento de Santidad y el pentecostalismo
El impacto teológico de Fletcher se extiende más allá de su tiempo, ya que sus ideas influyeron en dos movimientos cristianos clave. Sus enseñanzas sobre la “santificación”, especialmente su concepto de una “segunda obra de gracia”, se convirtieron en la base del Movimiento de Santidad del siglo XIX. Fletcher fue quien sistematizó la noción de una experiencia instantánea de santificación, equiparándola con el “bautismo en el Espíritu Santo”. Sin saberlo, proporcionó la formulación teológica que esta corriente adoptaría y popularizaría.
A su vez, el Movimiento de Santidad fue el precursor del pentecostalismo, que emergió a principios del siglo XX. Los primeros líderes pentecostales provenían directamente de esa expresión del cristianismo evangélico y compartían la teología de una “segunda bendición” posterior a la conversión. Esta corriente mantuvo el marco conceptual de Fletcher, pero le añadió un nuevo elemento: el “hablar en lenguas” como la evidencia inicial de haber recibido ese bautismo del Espíritu. En ese sentido, se puede afirmar que Fletcher es el abuelo teológico no intencionado del pentecostalismo global. Las polémicas de Fletcher, concebidas para un contexto local, tuvieron consecuencias monumentales, dando forma a una de las ramas más grandes y de más rápido crecimiento del cristianismo a nivel mundial.
Lecciones de la vida y teología de Fletcher
La vida y ministerio de Fletcher ofrecen lecciones atemporales para la Iglesia de hoy, entre las cuales destaca la importancia de la devoción personal. Su autonegación y su disciplinada vida de oración nos recuerdan que la agudeza teológica debe nacer de una profunda vida de piedad. Además, su ministerio en Madeley representa un modelo integral de liderazgo pastoral, al combinar la predicación doctrinal ferviente con un cuidado pastoral compasivo. Así, demostró que la ortodoxia (la creencia correcta) y la ortopraxis (la conducta correcta) deben ir de la mano para lograr la transformación de la comunidad.
El modelo de Fletcher también se extiende al compromiso teológico de enseñar a debatir con rigor intelectual sin perder el carácter cristiano. A pesar de la agudeza de sus argumentos en medio de la controversia calvinista, su objetivo era persuadir con razón y amor, recordando que la teología es una disciplina pastoral. Quizás su legado más relevante es la apasionada defensa de la búsqueda de la santidad como un camino dinámico hacia el amor perfecto. Su mensaje podría considerarse un llamado profético contra la superficialidad, que anima a la Iglesia a buscar una vida de continua conformidad con el carácter de Dios, siendo capacitada por el poder del Espíritu.
Evaluar a John Fletcher a la luz de la historia requiere mirar más allá de la imponente figura de John Wesley. Si bien Wesley fue el corazón, el organizador y el genio pragmático del avivamiento metodista, Fletcher fue su mente teológica y el reflejo exterior de su conciencia. Fue él quien proporcionó la coherencia sistemática y la defensa intelectual que el movimiento necesitaba para sobrevivir y prosperar.
Referencias y bibliografía
Fletcher Of Madeley | Gutenberg
John Fletcher: The First Wesley Scholar | AFTE
Methodist Saint, John Fletcher | Christianity
John William Fletcher (1729-1785) | Christian Heritage Fellowship
Unsung Heroes of Methodism: John Fletcher | UMC
John William Fletcher | Wikipedia
Leadership lessons from John Wesley and successor John Fletcher | ResourceUMC
John Fletcher: Christ Manifested | World Invisible
Fletcher, John William (1729-1785) | DMBI
John Wesley | FOSTER History & Collective Memory
The History of the Religious Movement of the Eighteenth Century, Called Methodism | Wesley Scholar
Fletcher’s giving shape to Wesleyan theology beyond Christianity | Oxford Institute
