Un impulso filantrópico y una revolución educativa comenzaron en un humilde salón de clases en Gloucester. En 1780, Robert Raikes fundó la primera escuela dominical en la que se le reconoce su autoría, sin imaginar que ello terminaría transformando el panorama social y espiritual de Gran Bretaña.
Aunque Raikes no fue el inventor del concepto de “escuela dominical”, sí fue su mayor promotor. Sus esfuerzos incansables catalizaron el crecimiento de un movimiento que ya existía de forma aislada, llevándolo a una popularidad masiva. Tan solo en sus primeros años, una cuarta parte de los niños británicos se inscribió en una de estas escuelas. De hecho, fue tal su impacto que, en 1880, cuando conmemoraron el centenario del movimiento, fue una estatua suya la que erigieron en los Jardines de Victoria Embankment de Londres.

Pero, ¿qué hizo tan especial a este movimiento? Según el historiador de Oxford, John Richard Green, las escuelas dominicales fueron el “comienzo de la educación popular”. En su obra A Short History of the English People, Green escribe:
Un resultado aún más noble del avivamiento religioso [del siglo XVIII] fue el intento constante, que nunca ha cesado desde ese día hasta hoy, de remediar la culpa, la ignorancia, el sufrimiento físico, la degradación social y la pobreza. No fue hasta que el impulso wesleyano hizo su trabajo que comenzó este impulso filantrópico. Las escuelas dominicales establecidas por el Sr. Raikes de Gloucester al final del siglo fueron el comienzo de la educación popular.

Este “impulso filantrópico” fue, en gran medida, un producto del despertar evangélico del siglo XVIII, que llevó a líderes como Raikes a buscar soluciones a los problemas de su época, sentando las bases de la educación popular y la filantropía moderna en el país.
A continuación, exploraremos la vida y obra de Robert Raikes, desde sus orígenes familiares y su papel como editor del Gloucester Journal hasta su compromiso filantrópico con los presos y, finalmente, su impulso decisivo en la creación del movimiento de las escuelas dominicales. Veremos cómo sus convicciones personales, sus conexiones sociales y su genio para la comunicación confluyeron en una iniciativa que no solo transformó a miles de niños de Gloucester, sino que determinó el sistema educativo en Inglaterra.
Los negocios de la familia
Robert Raikes nació en Gloucester el 4 de septiembre de 1735. Su padre, que llevaba el mismo nombre, era un respetado hombre de negocios y propietario del influyente periódico Gloucester Journal. Su madre se llamaba Mary Drew. La familia pertenecía a una clase media acomodada, lo cual le permitió a Robert asistir a la St. Mary de Crypt Grammar School y más tarde matricularse como becario en la College Cathedral School.
Los Raikes ciertamente estaban bien conectados: se hallaban emparentados por matrimonio con el futuro reformador parlamentario William Wilberforce. Además, conocían bien a otro famoso ciudadano de Gloucester, el gran evangelista George Whitefield, quien había predicado su primer sermón precisamente en la iglesia de St. Mary de Crypt en 1736.

A medida que Robert crecía, fue cada vez más consciente del ministerio de Whitefield y del avivamiento que lo acompañaba. Esto se debió en gran parte a que tanto él como los hermanos Wesley eran visitantes habituales en su casa. De hecho, no sería una exageración afirmar que los Raikes eran una de las familias más influyentes de Gloucester, y que casi cualquier personaje importante que visitaba la ciudad era recibido en su hogar.
Sin embargo, la vida familiar dio un vuelco cuando, en 1757, Robert padre murió repentinamente, dejando a su hijo mayor, con solo 21 años, a cargo del considerable negocio familiar, incluido el periódico. Además, Robert hijo tuvo que asumir la responsabilidad de cuidar a su madre y a sus seis hermanos menores. Una década después, el 23 de diciembre de 1767, Raikes contrajo nupcias con Anne Trigge, quien provenía de una acaudalada familia local. El matrimonio fue fructífero y feliz, y juntos tuvieron diez hijos que llegaron a la edad adulta: tres varones y siete mujeres.

La preocupación filantrópica inicial de Raikes fue una reforma penitenciaria. Toda la vida había sido amigo del gran reformador evangélico de prisiones, John Howard, y en 1773 lo acompañó en una visita a la cárcel de Gloucester. Aunque Howard la consideraba una de las mejores del país, Raikes quedó horrorizado por lo que vio:
Hombres, mujeres e incluso niños, arrestados por delitos muy triviales y por pequeñas deudas, eran agrupados con criminales de la más alta gama (…). En la prisión de deudores, muchos prisioneros morían de viruela y fiebre, nacían niños y se mantenía a hombres y mujeres en la misma habitación. No había una provisión adecuada para los reclusos más pobres, y los que no recibían ayuda de amigos y parientes se veían obligados a mendigar su comida a los compañeros de prisión.

A través del Gloucester Journal, Raikes hizo convocatorias regulares para conseguir alimentos, ropa y dinero para los presos. También utilizó esa plataforma para exponer la difícil situación de quienes estaban encarcelados por deudas menores o delitos triviales, y abogó por un cambio sistémico.
A través de su trabajo en las prisiones, la idea de la escuela dominical germinó en su mente, al ver una conexión directa entre la ignorancia, la pobreza y el vicio. “La ignorancia es la raíz de la degradación que nos rodea”, escribió. “La ociosidad es una consecuencia de la ignorancia; la ociosidad engendra el vicio, y el vicio conduce a la horca”.
La reforma del carácter
Para Raikes, si la ignorancia era la causa del vicio, la cura lógica era la educación. Algunos han criticado a Raikes, alegando que esta postura se oponía a la posición evangélica de Wesley y Whitefield, que apuntaban a la reforma del carácter a través de la salvación del alma.
Sin embargo, en lugar de ver estas posturas como opuestas, podríamos observarlas como dos enfoques complementarios. Obviamente, si una persona aprendía a leer, especialmente las Escrituras y el catecismo, se le abría una puerta directa al conocimiento de la salvación. En cualquier caso, se convertiría en un ciudadano más digno y productivo.
Al principio, Raikes intentó patrocinar la educación de los presos, pero estos esfuerzos a menudo resultaron infructuosos, pues los malos hábitos ya estaban profundamente arraigados en ellos. Por eso, decidió que empezaría por los jóvenes, con el objetivo de “frenar el crecimiento del vicio en un período temprano mediante un esfuerzo por introducir buenos hábitos de actuación y pensamiento entre el vulgo”.}

En esto Raikes también ha sido criticado: según muchos, no tenía una teología evangélica tan explícita como la de los líderes del avivamiento inglés. Pero al reunir a los niños estaba cumpliendo el mandato del Señor: “Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a Mí, porque de los que son como estos es el reino de los cielos” (Mt 19:14). Aquí se aplica la sabiduría práctica del famoso dicho, atribuido a Aristóteles y a los jesuitas: “Denme un niño hasta los siete años y les mostraré al hombre”.
Así, en 1780, Raikes dirigió su atención a los niños abandonados de los barrios bajos, quienes deambulaban los domingos (el único día que no trabajaban) por las calles de la ciudad, cantando canciones vulgares y sumidos en el vicio. Ciertamente, Raikes no buscaba ejemplos de inocencia incorrupta; de lo contrario, habría buscado en otra parte. El historiador contemporáneo Nathaniel Kent describe así la vida de los más pobres en el siglo XVIII:
Quienes se dignan a visitar estas miserables viviendas pueden atestiguar que en ellas no se conservan ni la salud ni la decencia. La intemperie penetra con frecuencia en todas sus partes, lo que debe ocasionar enfermedades (…) en particular malaria. Y es chocante que un hombre, su esposa y media docena de niños estén todos juntos en una habitación. Las grandes ciudades son destructivas tanto para la moral como para la salud (…) engendran enfermedades contagiosas, debilitan sus cuerpos y acortan sus vidas. Siendo común el conocimiento de tan espantosas condiciones, ¿qué clase de monarca, qué tipo de gobierno y por qué una Iglesia nacional que profesa el cristianismo permaneció impasible ante ello?

Condiciones espantosas
Hasta mediados del siglo XVIII, muchas familias pobres poseían pequeñas parcelas de tierra, pero la draconiana “ley de cercamiento” de 1773 les privó de este sustento, forzando un éxodo masivo a las ciudades en busca de trabajo. Allí, la naciente revolución industrial los absorbió en fábricas con condiciones espantosas y salarios de miseria. Como los niños trabajaban largas jornadas para subsistir, no había espacio para la educación, y la ignorancia era la norma.
En 1780, Raikes, en colaboración con el reverendo Thomas Stock, decidió fundar su primera escuela dominical. Su primer intento de reunir a los niños en el patio de la catedral fracasó, probablemente por la desconfianza de los pequeños hacia alguien de una clase social superior.
Pero, lejos de desanimarse, Raikes y Stock contrataron a una mujer, la Sra. Meredith, por un chelín a la semana, para que enseñara en la cocina de su casa en el callejón Sooty, hogar de los deshollinadores. La primera semana acudió una docena de niños para aprender a leer usando la Biblia. Aunque la Sra. Meredith tuvo que enfrentarse a problemas de disciplina de los niños, aquel fue un comienzo notable.
Pocos meses después, fundaron una segunda escuela en Southgate Street, dirigida por la Sra. Critchley. Ella era una mujer de carácter, capaz de manejar a los niños, y pronto los alumnos originales se trasladaron a sus instalaciones. Allí no solo tenían una mejor maestra, sino que estaban convenientemente ubicados frente a la iglesia de Santa María de la Cripta, cerca de la casa de Raikes.

Énfasis en la alfabetización
Es crucial destacar que la escuela dominical de Raikes era muy diferente a las actuales. Se parecía más a una escuela diurna que se impartía en domingo, con un fuerte énfasis en la alfabetización. Según un biógrafo, “la primera escuela dominical tenía como objetivo básico la enseñanza de la lectura y la escritura con la Biblia como libro de texto” y el catecismo de la Iglesia como guía doctrinal.
Las clases se impartían por la mañana, de 10 a 12. Los niños volvían a la 1 de la tarde para recibir más lecciones hasta las 4, y luego cruzaban la calle hasta la iglesia de Santa María de la Cripta para un breve servicio y catequesis. Finalmente, volvían a la escuela para recibir más lecciones hasta las 5:30. Con este riguroso horario, la cruzada de Raikes contra “la ociosidad y la ignorancia” llegó a pleno apogeo. Sin embargo, no debemos olvidar la oportunidad divina que esto representó para que miles de niños escaparan de la pobreza a través de la educación.
Raikes era disciplinado; llevaba un bastón y, conforme a las costumbres educativas de la época, no dudaba en usarlo para mantener el orden. Había reglas estrictas que prohibían maldecir, y se insistía en el buen comportamiento. A los niños se les enseñaba a inclinarse y a las niñas a hacer reverencias. Si un alumno era particularmente rebelde, Raikes se aseguraba de que los padres administraran la disciplina correspondiente. El efecto en las calles de Gloucester entre 1780 y 1783 fue notable: el desorden se redujo drásticamente y una mayor sensación de paz se extendió por la ciudad. Al ver los beneficios, se abrieron más escuelas dominicales.

Como propietario del Gloucester Journal, Raikes estaba en una posición única para publicitar el éxito de la iniciativa. El 3 de noviembre de 1783, escribió un artículo anónimo describiendo la escuela como “un grano de mostaza”. A partir de ahí, la “semilla” dio fruto, pues el artículo fue replicado por periódicos de Londres y otras ciudades. La idea se difundió por todo el país. Raikes continuó informando sobre el progreso de las escuelas, con lo cual movilizó a otros a replicar el modelo. Aunque él pagaba a sus maestros, la mayoría de las escuelas que surgieron fueron atendidas por voluntarios. Este modelo replicable fue clave para su rápida expansión.
En 1784, John Wesley escribió en una carta: “Encuentro que estas escuelas [dominicales] surgen dondequiera que voy. Tal vez Dios tenga un fin más profundo en ellas de lo que los hombres saben. Quién sabe si algunas de estas escuelas puedan convertirse en guarderías de cristianos”. El clérigo y teólogo británico mostró su apoyo a la iniciativa reimprimiendo artículos de Raikes en su Arminian Journal y permitiéndole publicar cartas en la revista, lo cual amplificó enormemente su alcance.

En mayo de 1784, Raikes escribió en el Gloucester Journal:
Los buenos efectos de las escuelas dominicales (…) se ejemplifican en el relato que hacen los fabricantes de alfileres y sacos (…). De ser ociosos, ingobernables, despilfarradores y sucios en extremo, dicen que los chicos y chicas se están volviendo no solo limpios y decentes en su apariencia, sino que están muy humanizados en sus modales (…). Las maldiciones y los juramentos (…) son ahora raramente oídos entre ellos.
En 1787, la fama de Raikes era tal que fue invitado a una audiencia con el rey Jorge III y la reina Carlota en el Castillo de Windsor. Un año después, en 1788, la familia real visitó Gloucester para ver las escuelas de primera mano. La visita fue ampliamente cubierta por el Gloucester Journal y los periódicos londinenses, y le otorgó un sello de aprobación real al movimiento.

En definitiva, Robert Raikes no solo mostró una inmensa compasión por los pobres y un celo por su educación, sino también un genio para la publicidad y la creación de un modelo social escalable. Lo mismo hizo el médico y filántropo irlandés Thomas Barnardo, quien años más tarde tuvo la misma visión de rescatar a los niños de la pobreza, el vicio y la ignorancia por medio de la educación y las oportunidades.
Robert Raikes murió el 5 de abril de 1811. El crecimiento del movimiento que fundó fue tan fenomenal que se estima que, 50 años después de su fundación, en 1831, asistían 1.250.000 niños a estas escuelas, ¡una cuarta parte de la población infantil! Además, estas instituciones fueron precursoras de la educación pública, por lo cual hoy son consideradas el fundamento del sistema escolar estatal inglés. También son un tributo a un hombre que creía firmemente que la pobreza y la ignorancia no tienen lugar en una sociedad cristiana.
Referencias y bibliografía
Robert Raikes – Sunday School Founder, Education Reformer & Social Reformer | Britannica
Raikes, Robert (1736–1811), promoter of Sunday schools | Oxford Dictionary of National Biography
Robert Raikes of Gloucester – Frank Booth | Amazon
The Founders of Sunday School – Elmer L. Towns | Liberty University
