¿Y si la cosecha tarda décadas? Reflexiones desde un campo donde no hay avivamiento

A medida que las narrativas de éxito rápido dominan la literatura misionera, surge una pregunta incómoda: ¿y si no todos los campos están destinados a crecer así? Hoy es necesario replantear los paradigmas misioneros que nacieron con el revivalismo del siglo XIX.

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¿Qué hacer cuando las expectativas acerca del ministerio no coinciden con los resultados en el terreno?

Hace más de veinte años nos mudamos al extranjero con el fin de llevar el Evangelio a personas que tuvieran poco acceso a este mensaje. Al llegar, mi esposa y yo, junto con otros colegas, nos dedicamos a aprender el idioma local. Anhelábamos fervientemente que las personas entre las que vivíamos comprendieran quién es Cristo según la Biblia. Así que invertimos miles de horas estudiando gramática, aprendiendo nuevo vocabulario y comprendiendo la cultura local, ya que todo este conocimiento nos ayudaría a transmitir fielmente verdades fundamentales que son difíciles de entender y comunicar a quienes no las han escuchado antes.

Al finalizar el primer año, nuestro dominio del idioma superaba el de nuestros líderes de equipo, no porque fuéramos más talentosos en las lenguas, sino debido a que ellos operaban bajo ciertos supuestos que tenían sobre el ministerio de plantación de iglesias, los cuales influyeron en su aprendizaje del idioma. Creían que pronto —quizás en dos o tres años— miles de personas del lugar abrazarían el Evangelio y fundarían cientos de iglesias, y entonces todos los misioneros podríamos marcharnos de allí para iniciar otro movimiento de discípulos e iglesias en medio de otro pueblo no alcanzado.

Cuando la realidad desafía las expectativas, surge la pregunta: ¿cómo seguir adelante en la misión? / Foto: Lightstock

¿Qué estamos haciendo mal?

¿De dónde proviene esta predicción acerca del ritmo y el resultado de nuestro trabajo? Se nos dijo que los movimientos que crecen rápidamente son el resultado esperado del “nuevo paradigma” de las misiones del siglo XXI. Se sugirió que, al seguir métodos de ingeniería inversa, podrían plantarse cientos de iglesias y alcanzar decenas de miles de nuevos cristianos en tan solo seis meses.

Cuando el ritmo y el fruto de nuestro trabajo no cumplieron con estas expectativas, empezamos a preguntarnos qué estábamos haciendo mal. Nos enseñaron que, si nuestro enfoque no conducía a un movimiento de plantación de iglesias, debíamos cambiar lo que estábamos haciendo. Así que pensamos: bueno, ¿quizás hay lugares más difíciles, pueblos más hostiles y campos misioneros que presentan mayores desafíos que otros? Sin embargo, durante una reunión mundial de líderes, un influyente líder del movimiento nos dijo desde el escenario que ese no era el caso. “No hay terreno difícil”, dijo. Así que solo quedaba una opción: nosotros éramos el problema.

En una conversación privada, otro líder me sugirió considerar apartarnos para dejar que un reconocido practicante del movimiento tomara el liderazgo. Muchos obreros fieles del Evangelio en nuestro país se desanimaron, e incluso se preguntaron si estaban desperdiciando sus vidas al continuar proclamando el Evangelio en este lugar.

Revivalismo moderno

Los estudiantes de Historia de la Iglesia pueden encontrar ciertas similitudes entre estas conversaciones y algunas que ocurrieron en el pasado. Durante los Grandes Despertares que surgieron en Norteamérica y Gran Bretaña, muchos cristianos anhelaban ver un avivamiento en los lugares donde vivían. Al principio, como señala Iain Murray: “Los avivamientos eran ampliamente considerados como actos extraordinarios de Dios, mediante los cuales muchas más almas de lo normal se convertían en cristianos”.  De manera que los avivamientos eran impredecibles y no se podían asegurar que ocurrieran. Pero en 1830, algunos ministros cristianos experimentaron con diferentes métodos para provocarlos.

Pronto, los “revivalistas”, como se les conocía, creyeron haber descubierto cómo “originar y promover” los avivamientos. Sus ideas se difundieron como pólvora entre pastores y miembros de las iglesias, a quienes les prometían: “Sigan nuestros métodos y cualquier iglesia verá un avivamiento”. Lo único que podía impedir el avivamiento era la falta de voluntad de los ministros para promoverlos. Así, lo que antiguamente era impredecible ahora se planificaba; lo que era incierto ahora se prometía. Los ministros entonces empezaron a anunciar con anticipación cuándo se producirían los siguientes avivamientos.

Iain Murray afirmó que los avivamientos eran actos extraordinarios de Dios que llevaban a muchos a la fe. / Foto: Ian Georgeson

Por otro lado, los pastores de la “vieja guardia” estaban más convencidos que nunca de que cualquier verdadero fruto de arrepentimiento que presenciaran era resultado de la inescrutable obra de Dios. Mientras los revivalistas perfeccionaban sus innovadores métodos, los pastores veteranos continuaban trabajando con los medios ordinarios del ministerio: los servicios de adoración semanales, la lectura y la predicación de las Escrituras, la oración, la comunión cristiana, el canto de himnos y la observancia de las ordenanzas. Aunque sus métodos se mantuvieron constantes, el fruto aumentaba algunas veces y otras disminuía, lo que les hacía comprender que Dios daba el crecimiento según Su voluntad (1 Co 3:7).

Promesas sin fundamento

Hoy en día, muchos de los manuales de movimientos comienzan con increíbles “historias de éxito”. Un libro relata cómo un hombre fundó doscientas iglesias tan solo tres meses después de iniciar su ministerio. En menos de diez años, este hombre reportó 1.7 millones de nuevos cristianos y 158.000 iglesias nuevas. Frente a este tipo de cifras, todos deberíamos decir: “¡Alabado sea Dios, que así sea!” Sin embargo, el subtítulo de este mismo libro hace una desconcertante promesa: “¡Cómo puede suceder en tu comunidad!”

¿Promete la Biblia que estos movimientos de plantación de iglesias de rápido crecimiento surgirán en tu comunidad si aplicas los métodos adecuados? Ten cuidado con cualquier enseñanza que te asegure lo que Dios hará en el mundo, especialmente en lo que se refiere a la conversión de las almas. Solo podemos aferrarnos a las promesas hechas por Dios en la Biblia. El gran escritor de himnos Isaac Watts, testigo de increíbles avivamientos, advertía a los ministros contra la dependencia de estos: “Son casos raros, otorgados por el Espíritu de Dios de una manera tan soberana y arbitraria, según los consejos secretos de Su propia sabiduría, que ningún cristiano en particular tiene motivos seguros para esperarlos”.

Isaac Watts / Imagen: PD Art

Solo Dios puede dar vida nueva en la conversión y el crecimiento como discípulos de Cristo. Como enseña la Biblia, nosotros podemos desempeñar un papel fundamental dando testimonio fiel de la promesa de redención en Cristo. Anhelamos y alabamos a Dios cada vez que alguien pone su fe en Cristo, pero debemos ser precavidos a la hora de predecir resultados específicos o construir nuestros ministerios sobre promesas sin ningún fundamento.

Desánimo innecesario

¿Qué ocurre entonces con el ritmo de la expansión del Evangelio? La Iglesia primitiva pasó de tener miles de seguidores en el siglo I a millones en tan solo unos cientos de años. El historiador Rodney Stark estima que la Iglesia primitiva creció en un 40 % por década antes de perder fuerza. Al mirar atrás en este momento, la mayoría de los cristianos e historiadores considerarían este crecimiento una obra extraordinaria de Dios. Sin embargo, en la realidad fue un avance mucho más lento que el que defienden los impulsores del movimiento en la actualidad.

Con un crecimiento del 40 % por década, una iglesia doméstica de diez cristianos tendría alrededor de once miembros después de tres años. Haciendo un cálculo rápido, ¡la población de la Iglesia cristiana en Asia Central, donde vivo, ha crecido tres veces más rápido en las últimas dos décadas que la Iglesia primitiva! Sin embargo, en lugar de celebrar esta increíble obra de Dios, algunos cristianos se desaniman al escuchar que las iglesias que no fundan una nueva iglesia cada seis meses no son saludables.

Rodney Stark estimó que la Iglesia primitiva creció un 40 % por década, un ritmo más lento que el de algunas iglesias hoy. / Artista: Gustave Doré

Las cosechas vienen después del trabajo fiel. Por ejemplo, el crecimiento de cristianos que vemos hoy en Irán es el resultado de doscientos años de arduo trabajo por parte de creyentes que oraron pacientemente, enseñaron las Escrituras y amaron a las personas que se oponían a medida que esperaban a que entraran en el reino de Dios. No debemos renunciar a esa labor pionera solo porque no estemos viendo la cosecha que otros experimentan. Cuando Dios decide tener misericordia de una nación pecadora, envía a Su pueblo para trabajar, orar y enseñar allí persistentemente. A veces, somos ese pueblo que trabaja durante generaciones en la lenta expansión del Evangelio.

Mantengámonos fieles y motivados, ¡sin importar el ritmo! Las puertas del infierno no podrán resistir la proclamación perseverante del Evangelio. Si perseveramos en proclamar a Cristo y orar por un pueblo durante años, décadas e incluso generaciones, es muy posible que el Espíritu de Dios los esté preparando para algo especial en cuanto a la salvación. Así que, mientras perseguimos fielmente el ministerio bíblico, celebremos con paciencia lo que Dios está haciendo entre nosotros. De lo contrario, correremos el riesgo de menospreciar las pequeñas evidencias de Su obra diaria.

Las cosechas llegan tras años de fidelidad. El crecimiento en Irán es fruto de generaciones orando, enseñando y amando. Perseveremos, sin importar el ritmo.

Nuestro llamado: la fidelidad

En última instancia, la falta de respuesta y el crecimiento lento no son nuestros enemigos; la infidelidad sí lo es. Y cuando estamos siendo fieles, el ritmo del crecimiento no debería ser nuestra preocupación (Jn 21:22). 

Más bien, la falta de respuesta debería llevarnos a clamar a Dios para que obre entre nosotros. Pero no hay ninguna razón bíblica para que los obreros fieles del Evangelio se desanimen ante las respuestas comunes al Evangelio. El mismo apóstol que dijo: “A todos me he hecho todo, para que por todos los medios salve a algunos” (1 Co 9:22), también enfatizó que nuestro trabajo es asegurar generaciones fieles (2 Ti 2:2).

Amigo cristiano, nuestra fidelidad se irá evidenciando a medida que nos entreguemos a Cristo, primero para nuestra propia transformación y luego para la enseñanza de Cristo a los demás (1 Ti 4:16). Antes de comprometerte a construir un ministerio basado en resultados rápidos, pregúntate si ese objetivo viene de las Escrituras. Antes de adoptar nuevos métodos en tu ministerio, examina primero si estás comprometido con los métodos establecidos en las Escrituras, como la oración, el estudio de la Biblia, la proclamación fiel y la membresía en la Iglesia, pues a través de estos, Dios construye Su reino.

La fidelidad, no la velocidad del crecimiento, es nuestra prioridad. Sigamos los métodos bíblicos y confiemos en Dios para dar el fruto. / Foto: Lightstock

Entonces, ¿qué debemos pensar acerca del ritmo y la previsibilidad de la expansión del Evangelio en el trabajo misionero de hoy? Debemos anhelar fervientemente que Dios obre de manera extraordinaria en las vidas y corazones de aquellos que escuchan el Evangelio a través de nosotros. Debemos desear el mismo crecimiento explosivo que vemos en el libro de los Hechos entre aquellos a quienes servimos. Debemos anhelar sinceramente que todas las personas escuchen el Evangelio y se vuelvan a Cristo antes de que sea demasiado tarde (1 Ti 2:4).

Al mismo tiempo, debemos entregarnos a los métodos que encontramos en la Biblia, confiando en Dios y en el crecimiento que Él decida dar.


Este artículo fue traducido y ajustado por Yohanna Silva. El original fue publicado por Scott Logsdon en Desiring God.

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